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17 oct 2013

Tic, tac... Tic, tac... Tic, tac... Tic, tac...

—Tienes que ayudarme a esconder el cuerpo.

—No entiendo por qué has tenido que matarlo... Era el único que podía sacarnos de aquí.

—Ya no podía soportar su endemoniado tictac.

14 oct 2013

10/6

—Me miró como si no me reconociera. Era como si hablásemos idiomas distintos. Creyó que estaba loca.

—Todos estamos locos.

—En ese caso, me miró como si yo fuera la única persona cuerda en el mundo.

—¿Cuál es la diferencia?

—No hay diferencia.

—¿Tú crees que estás cuerda?

—Nadie está cuerdo.

—Eso ya lo he dicho yo.

—No; tú has dicho que todos estamos locos. Hay una diferencia.

—¿Y si él tuviera razón?

—¿En qué?

—En que estás loca.

—Le destrozaría. Sería como un juguete.

—¿Un juguete?

—Destruir juguetes, destruir personas... ¿Cuál es la diferencia?

—No hay diferencia.

—¿Tú crees que estoy loca?

—Pero querida, ¿cómo no vas a estarlo? Sólo eres un producto de mi imaginación, Alicia.


20 dic 2009

A.G.M. - Prólogo

Sentado en mi sauce llorón, levanto la vista momentáneamente para disfrutar del calor del sol y veo al Conejo Blanco corriendo por el prado en dirección a su madriguera, la entrada a un fantástico mundo de ilusiones, quimeras y sinsentidos. Quizá fueron los versos de mi libro o quizá las agridulces palabras de tus poemas, pero la inspiración me hizo pensar “¿Y si entrara?”. Abandonar mi mundo, la realidad; evadirme, fugarme, esconderme, apartarme de todo lo imperfecto para adentrarme en una realidad de perfección relativa, aunque indudable. Sin embargo, tu nombre viene a mi cabeza inmediatamente y me dice “Quédate”. Tu nombre… La más bella danza, el primer mordisco de una dulce manzana.

Te acercas sinuosamente, sabiéndote único habitante de mi corazón, y me susurras al oído convincentes palabras con cara angelical y lengua de diablo. Penetras en mi mente, calas en mi alma, accedes a mi corazón. Quizá realmente sí comprendes mi verdadero ser. Tú dices que me quieres y yo, pobre demonio, te creo ciegamente. Después de todo, eres mi razón para vivir, para despertar de este irreal sueño en que siempre estoy.

Eres tú, ángel de ensueño, mi injusta recompensa, como el premio que no gané o el galardón que nunca merecí. Pero el jurado ha tomado su decisión y el juez Cupido se muestra de acuerdo con el veredicto alcanzado. Nosotros, simples mortales, no tenemos más remedio que aceptar su condena. El dulce, dulce castigo de Eros. Ahora lo entiendo: no puedo salir de aquí hasta cumplir con la sentencia. Tendré que esperar a satisfacer del todo mi sanción para asomarme a la luz y salir del País de las Maravillas.