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11 oct 2011

A todos mis amantes

Abrir los ojos con cara de loco
 y tomar el aire poquito a poco.
Ir hacia la percha a coger el sombrero,
 salir y enfrentarse a un mundo entero.

Miro la montaña de juguetes rotos,
antaño fruto de tantos alborotos;
aún río con sorna al mirar ese almacén,
 la última parada de este estúpido tren.


El chicle sin sabor,
el shinigami sin valor,
los bichitos del amor
 que no encontraron calor.

El cordero, ya sabes, degollado,
un cassette rebobinado,
la gélida luz del pasado
que todavía gruñe a mi lado.


La boca sensual, los dientes pequeños...
Sabes que eres el rey de mis sueños.


Dame, dame tus polvos de hada,
que mi alma quiere volar ilusionada.
Dame, dame tu santo y seña
para sellar tus labios con mi contraseña.

Dame tus caricias y tu pasión
y no tus besos de compasión.
Dame sin reservas todo tu amor
y no ese sucedáneo carente de ardor.


La fogata apagada,
la lengua perforada
y aquella mirada
que jamás fue deseada.

La duda marina,
el saco de harina,
la boca cetrina
de esnifar cocaína.


¡Qué bochorno! ¡Qué llorera!
Años perdidos persiguiendo quimeras.

Yo, Ulises; tú, mi sirena.
Que aquí no hay porno (y es una pena).

16 ago 2010

Él

Te encuentras lejos y donde debería estar mi corazón sólo hay un vacío inexpugnable que me hace temblar y llevarme la mano a mi dolorido pecho mientras me pregunto por qué.

Las tardes de diversión se arremolinan en mi mente, obnubilándola con imágenes tiernas y tentadoras: un roce furtivo, una mirada discreta, una sonrisa cómplice o un simple guiño pícaro; una caricia oculta, un abrazo a oscuras o un suave y fugaz beso en el que siento desvanecerse mi mundo mientras tu lengua se deshace en mi boca como el más exquisito de los caramelos y mi alma pena de agonía.

Tú y yo, seres de mundos tan sumamente distintos, sutiles perros falderos el uno del otro, unidos por algo a medio camino entre el amor puro e inocente y la pasión más puramente viciosa y ardiente. Nos ocultamos a plena luz con pullas, luchas e insultos, aun cuando la atenta mirada pueda captar los destellos —las chispas de una tensión sexual no resuelta— que la luna límpida revela, mostrando la esencia verdadera de nuestras almas cuando tu fría indiferencia se esfuma en un haz de luz plateada que nos descubre intercambiando besos de amantes.

Llegados a este punto, me cuestiono cómo llegamos a esto y el recuerdo de aquella noche de verano en la playa me embarga con el agridulce aroma del secretismo. Aún éramos unos chiquillos, ¿y qué? Había cariño. Había atracción. Y, sobre todo, había voluntad. El único ingrediente restante fue una fría mañana de Semana Santa cuya niebla vela todavía los primeros besos fogosos que algún día culminarían en nuestros cuerpos desnudos bamboleándose en un frenético vaivén de sudor, placer y también mentiras.

Pero ahora te encuentras lejos de mí y la distancia se me antoja nimia comparada con el invisible abismo que nos separa. Quizá en otra ocasión. Quizá en otra vida.

Camarero, la cuenta.