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28 mar 2011

Soneto correcto

Profesionales del amor las llaman
esos burros que todo lo amalgaman,
que le mezclan a uno carnes con frutas
y se remilgan para decir putas.

Putas es una muy bella palabra,
de aquéllas que hasta un verso descalabra.
Por ello, en virtud de mi gran respeto,
atiendo sólo al correcto soneto.

Y que ello no sirva de precedente
de cara a futuros versos paganos
o mis rimas sacras de no creyente.

De estas líneas me lavo las manos,
tómelo en consideración la gente:
volverán los romances cotidianos.

26 oct 2010

Oda a una puta II

Puta. La recuerdo perfectamente.
Puta, puta y puta. ¡Mil veces puta!
Tan puta era que usaba micrófono en cada conferencia
y se deleitaba con su monólogo… debajo de la mesa.

Empezó de becaria hace cinco años
y a las dos semanas ya tenía despacho.
Y eso que nunca estuvo dispuesta a quedarse en bragas…
porque no llevaba, digo, que bastante tapaba la falda.


¡Menuda puta! El jefe la adoraba
(normal, ella se la adobaba)
y todo el despacho babeaba
cuando, meneando su culo, se paseaba
y llegaba a mi mesa, me ponía toda la cesta
y susurrando decía “A mi despacho, Iniesta”.

Y lo curioso del caso es que no me llamo Iniesta,
pero creo que eso fue chiste de ella,
que metió la «h» por medio sin darme yo cuenta,
como le pasó con su jefe estando de dependienta.


Maldita puta… La más puta de entre las putas,
que más tenía de puta que de mujer
y hasta más de bebedero de pato,
porque lo suyo no era el recato, no.

Para ella, “Sutileza” era una marca de condones,
aunque tampoco estaba segura,
porque siempre corrían a cuenta del jefazo,
que para algo era él quien tenía los contactos.


Cacho puta. Que puta eres, puta fuiste y puta serás.
Puta, puta y puta, nada más que puta.
Yo estaré en el paro por tu culpa,
pero al menos soy un hombre digno, ¡pedazo de puta!

25 oct 2010

Oda a una puta I

Decía el gran escritor
que con mujer no es convivir
posible sino sin sentir
por ella verdadero amor.

Pero tal es no considerar
la virtud de alguna otra
cuyo amor jamás se agota
si fondos quedan para gastar.


Engruesan sus ingresos
estas harpías mujeres
a despecho de conejos
en concepto de alquileres.

Hacen cuanto quieres
y sobrepasan los excesos
de la decencia de esos
que ni siquiera las merecen.


Por eso menester de sabios
es afianzarse apuesta segura,
que es la que más perdura,
después del pintalabios.

Y laméntese la mujer cuanto quisiere:
“¡Ay, que mi marido ya no me quiere!”
Pero señora, su gesto genuflexo
no satisface a su marido tanto como el sexo.